lunes, 28 de enero de 2013
El "Ulises" de James Joyce (Capítulo VII)
lunes, 23 de noviembre de 2009
El "Ulises" de James Joyce (Capítulo V)
Aquí estamos otro día más dispuestos a seguir con la lectura de esta inmensa novela de James Joyce. En el capítulo anterior hemos conocido a Leopold Bloom, protagonista indiscutible de la novela, pero por ahora aún sabemos poco de él, aún tenemos que acostumbrarnos a su forma de pensar y su forma de ser. Este objetivo lo cumple el capítulo quinto de la obra.
Según el ya conocido esquema este capítulo tiene los siguientes simbolismos:
Título: Los Lotófagos.
Hora: 9-10
Color: Pardo.
Personas: Euríloco, Polites, Ulises, Nausícaa.
Técnica: Diálogo, Soliloquio, Rezo.
Ciencia, arte: Química.
Sentido: La seducción de la fF.
Órgano: Piel.
Símbolo: Hostia, pene en el baño, espuma, flor, drogas, castración, avena.
En este episodio sí que es realmente difícil encontrar la analogía con la historia de la “Odisea” basicamente porque es bastante vaga. En la obra de Homero los comedores de loto (lotófagos) muestran un desinterés total por la acción, se muestran totalmente abúlicos (podéis pensar en ellos como si se pasaran todo el día fumados, ambas cosas no difieren mucho). Sí que es cierto que hay un cierto aletargo en este capítulo, una especie de paralización y ralentizamiento que envuelve a los habitantes de Dublín en una hora tan temprana de la mañana. Las similitudes se acaban ahí.
En cuanto a la técnica del capítulo no difiere apenas de la del episodio cuarto: tenemos una mezcla de mónologo interior en la mente de Leopold Bloom junto con algunas frases del narrador. Eso sí, en este capítulo, el monólogo toma total protagonismo, las frases del narrador se limitan a dos o tres alteraciones puntuales que apenas apuntan pequeños detalles. Todo ello, como siempre, mezclado aparentemente sin orden ni concierto, por lo que, si hasta ahora no era demasiado dificil suponer lo que estaba pasando, en este capítulo la cosa se vuelve bastante más compleja (lo que es la tónica de la novela, vamos). Es por ello que os resumiré un poco lo que está sucediendo.
Tras su desayuno el Señor Bloom sale a dar un paseo por las calles de su ciudad. Recordemos que tiene un funeral hoy, el de Paddy Dignam, pero no se celebrará hasta las once de la mañana, lo que le deja algo de tiempo libre. Aparentemente camina sin rumbo, observando los escaparates y quejándose del calor (se aproxima una tormenta, hecho referenciado en la mayoría de capítulos de la obra). Pero realmente Leopold sí que tiene un objetivo en este deambular: se dirige dando varios rodeos a una estafeta de correos.
¿Por qué da este rodeo? En ningún momento lo comenta pero es presumible que hace esto para reconocer el lugar y evitar así que nadie conocido le vea entrando en esa oficina. Y es que el señor Bloom tiene algo que ocultar. En esa estafeta tiene una cuenta de correo bajo el pseudónimo de Henry Flower (Bloom en inglés significa “floración” por lo que la elección de un apellido tan rematadamente cursi tiene su cierta lógica) a la cual recibe cartas de una amante (meramente epistolar) llamada Martha Clifford.
Nada más recoger su carta y salir de la oficina de correos se encuentra con un conocido suyo que no le cae demasiado bien y que realmente debe ser un poco pesado como vemos claramente en el siguiente extracto: “M'Coy. Deshagámonos de él pronto. Va a apartarme de mis asuntos. Qué molesta es la gente cuando uno.” M'Coy se para a hablar con él sobre el funeral de Dignam, pero Bloom (como hacemos todos cuando un pesado nos viene a dar la brasa) no le presta la más mínima atención, fijándose en cambio mientras él le habla en una mujer que está saliendo de un hotel. Leopold espera poder verle las medias, pero el pasar de un tranvía se lo impide. El hombre también le pregunta por su mujer Molly y aquí podemos ver claramente como Bloom hace esfuerzos por ni siquiera pronunciar el nombre del que sospecha es su amante:
“- ¿Ah, sí?, dijo M'Coy. Me alegro de oírlo, viejo. ¿Quién monta el tinglado?
Mrs. Mariom Bloom. Aún no levantada. La reina estaba en su domicilio comiendo pan con. Ningún libro. Ennegrecidas cartas de figuras yacían a lo largo del muslo de siete en siete. Mujer morena y hombre rubio. Carta. Gato ovillo peluso negro. Trozo roto de sobre.
Vieja.
Y.
Dulce.
Canción.
De.
Amoooor...
- Es una especie de gira, ¿comprende? dijo Mr. Bloom pensativamente. Dulce canción. Se ha formado una comisión. A partes iguales en gastos y beneficios.”
Vemos como ante la pregunta de quién organiza la gira de conciertos de su mujer (nosotros sabemos que es Boylan, su amante), Bloom piensa en ella y le pasan por la cabeza imágenes confusas sobre la carta que ha recibido esta mañana y el posible adulterio, simplemente para acabar contestando sin mencionar el nombre del galán.
M'Coy no se para a hablar con Bloom de manera desinteresada, lo que pretende es que Leopold firme por él en el entierro puesto que no le es posible acudir. En el Dublín de la época firmar en un entierro suponía, aparte de la rúbrica, dejar un poco de dinero para la viuda del fallecido, con lo cuál M'Coy realmente le da un pequeño sablazo a nuestro estimado judío.
Tras despedirse de él, Leopold sigue caminando y aprovecha para leer la carta que le envió Martha oculta en el periódico. La carta va sujeta con un imperdible a una flor y está escrita repleta de faltas de ortografía, con errores, y una gramática más bien mala (“Así que ya sabes lo que te haré, diablillo, si no me escribiste.” !!!). Por lo visto Joyce también tuvo alguna que otra amante epistolar, y es que en el fondo esta novela no es más que una genial autobiografía del autor. Pero no sólo eso, su mujer (Nora Barnacle) no tenía demasiada cultura, por lo que también escribía de esta manera errónea y desordenada (Por si os lo estáis preguntando. No, Nora no leyó nunca ninguna obra escrita por su marido). La carta en sí (y sus incorrecciones) pasará a convertirse en otro de los motivos reiterados de la novela.
Tras leer esta epístola plagada con referencias sadomasoquistas (en serio, más adelante descubriremos que el sadomaso es una de las fantasias de Bloom, como no, en el capítulo quince), Leopold se mete dentro de una iglesia, no por una cuestión de fe, sino porque tiene bastante calor y las iglesias, al ser edificios de piedra, suelen conservar el fresco. Allí asiste desde lejos a un fragmento de una misa mientras reflexiona sobre la perfecta estructura de la Iglesia Católica y fantasea con encontrarse con su idílica amante tras una ceremonia litúrgica.
Tras salir de la casa del señor cura, se encamina hacia una farmacia para pedir un ungüento para su mujer y comprar de paso una pastilla de jabón, que guardará en su bolsillo durante todo el caluroso día, con la consiguiente degradación del mismo. Tras esto se encuentra con otro conocido, Lyons Gallito, un hombre peculiar obsesionado con las carreras de caballos, y con la ludopatía relacionada, evidentemente.
Lyons tampoco le cae bien a Bloom y también quiere algo de él: mirar en su periódico las informaciones sobre la carrera que se celebrará ese día. En ese momento tiene lugar una de las conversaciones más caóticas del libro:
“- Ascot. Copa de oro. Espere, masculló Lyons Gallito. Un momen. Maximum segundo.
- Estaba a punto de tirarlo, dijo Mr. Bloom.
Lyons Gallito levantó la vista repentinamente y lanzó débilmente una mirada maliciosa.
- ¿Cómo es eso? dijo su voz aguda.
- Digo que se lo quede, contestó Mr. Bloom. Estaba a punto de tirarlo.
Lyons Gallito dudó por un instante, mirando desconfiado; luego devolvió con brusquedad las hojas abiertas a los brazos de Mr. Bloom.
- Me arriesgaré, dijo. Tome, gracias.
Salió en estampida hacia la esquina de Conway. Anda con Dios mamarracho.”
Lo que acaba de pasar es simplemente que Bloom ya ha leído el periódico y pretende librarse pronto de este personajillo, por lo que intenta regalarle el rotativo explicándole que de todas formas iba a tirarlo. Pero Lyons lo entiende mal y más adelante nos enteraremos de que él cree que Leopold le está recomendando un caballo (originando así un malentendido que tendrá repercusiones negativas para nuestro protagonista).
Finalmente Bloom piensa en acudir a una casa de baños para tomar uno, cosa que hará fuera de la acción de la novela. Ese ha sido el capítulo, pero antes de dejaros por hoy, una pequeña reflexión.
En este episodio empezamos a ver claramente cómo Joyce usa los leitmotivs en la obra, mezclándolos constantemente y desnaturalizándolos hasta tal punto que pierden todo su significado. Un gran ejemplo de esto son las dos páginas siguientes a la conversación de Leopold con M'Coy donde se mezcla el tema de Hamlet junto con el aria de Mozart y otro tema fundamental en la novela: lo que quiera que le sucedió al padre de Bloom, cosa que aún no sabemos pero que podemos ir empezando a deducir (“¡Pobre papá! ¡Pobre hombre! Me alegro de no haber entrado en la habitación a mirarle la cara. ¡Aquel día! ¡Dios mio! ¡Dios mio! ¡Fu! Bueno, quizás fuera lo mejor para él.”)
Ah, y por supuesto aparece otro leitmotiv nuevo que también irá cobrando importancia a medida que transcurra el día. Es el siguiente anuncio de periódico que el Señor Bloom lee de pasada:
“¿Qué es el hogar sin
Fiambre en Pote Ciruelo?
Incompleto.
Con Ciruelo de felicidad repleto.”
Tomar la publicidad de una marca comercial y convertirlo en arte, si es que en el fondo el Pop-art no fue tan innovador.
Y con esto concluímos en análisis del capítulo cinco del “Ulises”. Veremos un funeral, en el próximo episodio.
lunes, 16 de noviembre de 2009
El "Ulises" de James Joyce (Capítulo III)
“Ineluctable modalidad de lo visible: al menos eso si no más, pensado con los ojos. Marcas de todas las cosas estoy aquí para leer, freza marina y ova marina, la marea que se acerca, esa bota herrumbrosa. Verdemoco, platiazulado, herrumbre: signos coloreados. Límites de lo diáfano. Pero añade: en los cuerpos. Luego se percató de aquesos cuerpos antes que de aquesos coloreados. ¿Cómo? Dándose coscorrones contra ellos, seguro. Tranquilo. Calvo era y millonario, maestro di color che sanno. Límite de lo diáfano en. ¿Por qué en? Diáfano, adiáfano. Si puedes meter los cinco dedos es una cancela, si no una puerta. Cierra los ojos y ve.”
Bienvenidos al incomparable capítulo tercero de la “maldita novela-monstruo” (No me miréis mal, el propio James Joyce la definió así en una carta). El párrafo que he copiado arriba es el que abre este capítulo, y como anécdota os contaré que fue sólo con este párrafo con lo que la primera editora del “Ulises” se convenció de que tenía que publicar la novela.
Otra pequeña cosa: este es el capítulo en el que la mayoría de la gente abandona la lectura del “Ulises”. El primer capítulo realmente complicado de la obra. La ruptura. Este capítulo cambió para siempre la historia de la literatura. Si lo puedes leer entero, enhorabuena, pero tengo que decirte que las dificultades no han hecho más que empezar. Y a pesar de todo merece la pena leer este libro, así de jodida es la vida, para conseguir todo lo bueno hay que hacer algún tipo de sacrificio.
Os dejo el esquema de rigor:
Título: Proteo.
Hora: 10-11
Color: Azul.
Personas: Proteo, Menelao, Helena, Megapentes, Telémaco.
Técnica: Soliloquio.
Ciencia, arte: Filología.
Sentido: La materia primera.
Símbolo: Palabra, marea, luna, evolución, metamorfosis.
Y la explicación de turno, claro: En el canto IV de la “Odisea” Menelao le cuenta a Telémaco cómo los dioses les habían retenido en una isla (así de simpáticos eran los dioses griegos). Para escapar tuvieron que capturar a Proteo y obligarlo a que los liberara. El propio Proteo era un dios con la curiosa habilidad de cambiar de forma, y como él cambiaba de forma, así fluye también el lenguaje a lo largo de este capítulo.
El día de Stephen sigue avanzando y después de acabar su jornada laboral en el capítulo anterior, el aburrido joven se da un paseo por la playa de Sandymount. Y como se aburre mucho el pobre, le da por pensar. Reflexiona sobre muchas cosas el poeta a lo largo de este capítulo: desde teorías aristotélicas hasta sexo, pasando por su madre muerta y la poesía. Y es esta cambiante reflexión constante lo que complica enormemente la lectura del capítulo. Por poneros un ejemplo, en un momento piensa en hacerle una visita a su tía Sara. En ese momento te empieza a relatar la visita con todo lujo de detalles: conversaciones, historias familiares, etc. Es un poco más tarde cuando tú, como lector, te das cuenta de que Stephen en su deambular se ha alejado de la casa de su tía y nunca se produce esta visita. Stephen simplemente se la estaba imaginando, poniéndose en escena vamos. Y es que Stephen a lo largo de este capítulo es un constante “quiero y no puedo”:
Quiere visitar a su tía Sara pero no lo hace; quiere escribir una serie de novelas cuyos títulos sean las letras del alfabeto, pero nunca lo hace; quiere enviar sus escritos a todas las bibliotecas importantes del mundo para que alguien los descubra en la posteridad, pero eso tampoco sucede nunca,...
Así es Stephen, no me extraña que esté deprimido el hombre. Y como ya os dije, su línea de pensamiento es bastante extraña. Su educación religiosa hace que piense en este tema a menudo, pero siempre lo acaba deformando de forma grotesca (“Esposa y compañera de Adán Kadmon: Heva, Eva desnuda. Ella no tenía ombligo. Mirad. Vientre sin mácula, bien abombado, broquel de tensa vitela, no, grano blanquiamontonado naciente e inmortal, que existe desde siempre y por siempre. Entrañas de pecado.”) Pero no solo eso, su cabeza da constantemente vueltas a muchos conceptos sobre el lenguaje y la forma (de ahí que la ciencia de este capítulo sea la filología). Aquí su educación cristiana también se hace notar constantemente. Para Stephen el lenguaje surge del ruido (es por ello por lo que el capítulo está plagado de onomatopeyas) y el sonido de las olas al romper contra la playa lo lleva a la exaltación artística hasta el punto de que tiene que arrancar un cacho de hoja de la carta que le había encargado entregar Mr. Deasy para escribir unas palabras.
Pero religión y lenguaje no son los únicos temas de este capítulo. Uno de ellos empieza a aparecer por primera vez aquí, y a partir de ahora será una absoluta constante en toda la novela. Sí, niños y niñas, me refiero al sexo. En un principio el tema surge porque Stephen ve unas comadronas en la playa y eso le hace pensar en el nacimiento y la muerte, y el acto fundamental para que exista un nacimiento no es otro que un buen polvo, hablando en plata. Posteriormente aparece una apareja de gitanos y el joven fantasea con la chica, ni más ni menos que con estas palabras: “Sus labios enlabiaron y embocaron labios de aire descarnados: boca a sus lunaentrañas. Trañas, tumba omnientrañante. Su boca moldeó el aliento que emanaba, inarticulado: uiija: bramar de planetas cataráticos, globulares, llameantes, bramando andoandoandoandoando.” ¿Habéis tenido alguna vez alguna fantasía sexual así? Yo no, desde luego, y mira que estoy colgado.
Para Stephen el sexo va acompañado inevitablemente de un sentimiento de soledad. Como ya os comenté sólo ha podido follar con dinero de por medio (hecho que se describe en el “Retrato de un Artista Adolescente”). Es precisamente esta dualidad tan Joyceana entre sexo y soledad lo que nos conduce al que para mi juicio es uno de los mejores párrafos de la novela, y que no debe falta en todo libro de citas que se precie. Helo aquí:
“Tócame. Ojos suaves. Mano suave suave suave. Estoy tan solo aquí. Venga, tócame pronto, ahora. ¿Cuál es esa palabra que todos los hombres conocen? Estoy tan silencioso aquí solo. Y tan triste. Toca, tócame.”
Increíble la genialidad del señor James Joyce, como usa el ritmo de las palabras para imitar la voluptuosidad sexual, y como logra que la soledad irrumpa como un poderoso martillo destrozando cualquier alegría que pudiera surgir ante la inminencia del placer físico. No hay palabras.
Pero este párrafo nos lleva a una de las grandes polémicas del capítulo, polémica surgida sólo por este parrafito:
“Dejó el moco seco que se había sacado de la nariz sobre el reborde de una roca, cuidadosamente. En cuanto a lo demás que mire quien quiera.”
Bien, es obvio que Stephen se hurga la nariz buscando algo más que petroleo, eso está claro. Pero, quedaos con la última frase: “En cuanto a lo demás que mire quien quiera”. ¿Qué es lo demás? ¿Qué hace Stephen como para que sea vergonzoso que alguien lo vea?
La mayoría de críticos defiende la teoría de que el joven no hace otra cosa más que orinar contra las rocas. Pero unos cuantos creen que hace otra cosa bien distinta, aunque también relacionada con su pene. Analicemos lo que ha pasado antes: A lo largo del capítulo no hay ningún narrador, son simplemente los pensamientos de Stephen los que nos cuentan lo que pasa. Estos pensamientos se van haciendo cada vez más densos y cambian de tema con mayor rapidez en una especie de crescendo musical hasta llegar al aparente clímax: el momento en que el joven escribe un poemilla (supuestamente). Pero realmente ese no es el clímax, esa sensación se alarga mientras fantasea largo y tendido con la gitana hasta que se alcanza el punto de tensión máxima (“Dios se hace hombre se hace pez se hace barnacla se hace montaña plumón. Alientos muertos yo que vivo respiro, piso polvo muerto, devoro asadura orinada de todos los muertos. Izado yerto por encima de la regala exhala la peste de su verde sepultura, el leproso agujero nasal roncando al sol.”). Después sólo un par de párrafos más de monólogo interior y de repente... ¡Hay un narrador! Salimos de golpe de los pensamientos de Stephen en una sensación totalmente anticlimática. Ahora unamos eso con el párrafo que comentamos anteriormente sobre sexo y soledad. No sé a vosotros pero a mí los conceptos sexo, soledad y el clímax seguido por la calma me hace pensar sólo en una cosa. ¡Que onanista está hecho este Stephen.

Sandymount, la playa donde se desarrollan las masturbaciones más célebres de la historia de la literatura.
Yo apoyo esta teoría, pero ya os digo que es muy controvertida (de hecho este capítulo no fue de los acusados por pornografía en el juicio contra la obra). Pensad lo que queráis, pero conociendo la manera de concebir la literatura que tiene James Joyce y teniendo en cuenta que mucho más avanzado el libro el otro protagonista (Mr. Bloom) sí que se masturba claramente en la misma playa, creo que nos hallamos en otro paralelismo más entre ambos personajes.
Ah, un aviso, si se os ocurre algún año celebrar el Bloomsday os recuerdo que masturbarse en una playa en público suele estar bastante mal considerado, así que andaos con ojo.
Bueno, esto ha sido el tercer capítulo del “Ulises”. Ahora vamos a cambiar totalmente de tercio y dejar que Stephen continúe con sus andanzas por las calles de Dublín porque le toca el turno de hacer su aparición estelar a Mr. Leopold Bloom en el próximo capítulo. Os espero.
sábado, 14 de noviembre de 2009
El "Ulises" de James Joyce (Capítulo II)
Enhorabuena, si ha llegado hasta aquí ha sido capaz de leerse un capitulo del “Ulises” de James Joyce, alégrese: ¡ya sólo le quedan 17! Así pues, usted se ha acabado el primer capítulo y, ávido de buena literatura y orgulloso de si mismo, emprende la lectura del segundo. La complicación aumenta un poco más, y quizás se pierda en algún momento. ¡No se preocupe! Aquí estoy yo para ayudarle, o liarle más, todo depende de como se lo tome.
Si en la publicación por entregas Joyce otorgó al primer capítulo el título de “Telémaco”, a este segundo le puso “Néstor”. En la “Odisea” de Homero Telémaco recurre a un sabio anciano para saber que ha sido de los héroes de la guerra de Troya y así poder comenzar la búsqueda de su padre. Este anciano, Néstor, le suelta un rollazo increíble sobre vida, obra y milagros de cada héroe, sobre historia al fin y al cabo. Y es este el tema de este capítulo: la historia. Antes de seguir, os comentaré las correspondencias que el autor le otorgó a este capítulo:
Título: Néstor.
Hora: 9-10
Color: Marrón.
Personas: Néstor, Telémaco, Pisístrato, Elena.
Técnica: Diálogo de 2 personas, narración, soliloquio.
Ciencia, arte: Historia.
Sentido: La sabiduría del mundo antiguo.
Símbolo: Ulster, mujer, sentido práctico.
Como siempre, el esquema no aclara demasiado, aunque en este un poco más que en capítulo anterior. La acción transcurre efectivamente entre las 9 y las 10 de la mañana, el personaje de Néstor está representado por el director del colegio, Mr. Deasy; mientras que Telémaco es el propio Stephen. Se habla mucho de historia en el capítulo y también sobre las mujeres (claro que todo puesto en boca de un machista). El resto... paranoias de Joyce.
El día va avanzando y a las 9 de la mañana Stephen se encuentra trabajando. Es profesor en un colegio para niños bien, por desgracia le pasan tres cosas distintas: por un lado no le gusta su trabajo, por otro no se le da bien, y por último los padres de estos niños pagan más por matricularlos en el colegio de lo que el gana dando clase, lo que le quita toda su autoridad. Pero bueno, un curro es un curro, y es la única fuente de ingresos de la que dispone. Por si fuera poco, más avanzado el capítulo, descubrimos que Stephen está plagado de deudas; de hecho hoy es día de cobro y, echando cuentas, llega a la conclusión de que debe muchísimo más de lo que ha ganado.
Como ya he dicho es un profesor bastante malo: tiene que revisar en el libro las contestaciones que les da a los niños, los trata con indiferencia e incluso piensa en ellos con desprecio, ni siquiera la enseñanza de la literatura (la gran pasión de Stephen) le resulta gratificante. Él mismo reconoce que no nació para profesor sino para alumno, pero yo creo que hay algo más profundo en todo esto. Según mi opinión Stephen está atravesando una terrible crisis vital. ¿Por qué digo esto? A lo largo de todo el libro este personaje muestra un desinterés rayano al nihilismo en todo lo que hace, nada le importa, desprecia a todo el que tiene a su alrededor (nunca en actos, sino en pensamiento)... En este capítulo esto salta a la luz de forma especialmente relevante, porque aquí Joyce empieza a usar más a menudo la técnica del monólogo interior. Este es el capítulo donde empezamos a conocer de verdad a Stephen Dedalus (proceso que se completará magistralmente en el siguiente episodio). Y los pensamientos de Stephen son realmente extraños: filosofa constantemente y muchas veces sin ningún sentido, es incapaz de llegar a ninguna conclusión, su lenguaje es tremendamente rebuscado, no hace más que darle vueltas y vueltas a los asuntos más banales... Mezcla todo eso con el constante recuerdo del trauma por la muerte de su madre y tienes un clarísimo claro de depresión intelectualoide.
Y es que ya os digo que sus pensamientos son realmente extraños y deprimentes. Lo primero que piensa en el capítulo es literalmente esto:
“Fabulada por las hijas de la memoria. Y, sin embargo, fue de alguna manera, si no tal como la memoria lo fabulara. Una frase, pues, de impaciencia, ruido sordo de alas de exuberancia de Blake. Oigo la devastación del espacio, cristal destrozado y desplome de mampostería, y el tiempo un lívida flama final. ¿Qué nos queda entonces?”
Piensa eso sobre la historia, pero no se queda ahí. De sus alumnos piensa, por ejemplo: “Sabían: ni habían aprendido ni jamás habían sido inocentes”; y de los personajes históricos: “El tiempo los ha marcado y encadenados se alojan en la habitación de las posibilidades infinitas que ellos han desplazado. Pero ¿son posibles aquéllas sabiendo que nunca existieron? ¿O fue sólo posible aquello que llegó a ocurrir? Teje, tejedor del viento.”
Así es Stephen, todo un encanto, vamos. Una última cosa sobre este personaje: en este capítulo se muestra totalmente arrepentido de haber negado el catolicismo en el lecho de muerte de su madre (cosa que por cierto, aún no sabemos si es nuestra primera lectura del libro).
La clase acaba abruptamente cuando los alumnos van al patio a jugar al hockey y entonces Stephen se reúne con el director del colegio, Mr. Deasy, para recibir su paga. Mr. Deasy también es un tipo tremendamente peculiar: antisemita, nacionalista y misógino. Ahí es nada. Pero no sólo eso: casi todo lo que dice es directamente falso, pero él se lo cree claro (algo más habitual de lo que parece). Por ejemplo: asegura descender de Sir John Blackwood, del cual asegura que votó a favor de la unión (cosas de la historia de Irlanda). Bueno, la realidad es que este tal John Blackwood en el 1800 se opuso totalmente al Acta de la Unión llegando a rechazar el título nobiliario que le ofrecían si la apoyaba. Y es que, como ya he dicho casi todas las afirmaciones de este hombre son totalmente falsas, y en esto reside gran parte de la esencia de la novela. Mr. Deasy representa al Néstor homérico, al hombre sabio, pero Joyce aquí troca sabiduría por falsa palabrería en una clara deformación esperpéntica del mito en el que se basó para escribir su novela.
Otra cosa más sobre la técnica de Joyce. Aquí se puede ver como Mr. Deasy es completamente misógino en un apasionado discurso (“Soy más feliz que usted. Hemos cometido muchos errores y muchos pecados. La mujer introdujo el pecado en el mundo...”). Pues bien, este personaje no vuelve a aparecer, pero en el capítulo 7 descubrimos las causas de esta misoginia cuando el director de un periódico habla de él en estos términos:
“Ah, le conozco, y conocí a su mujer también. La más jodida vieja pendona que jamás haya hecho Dios. ¡Jesús, esa sí que tenía glosopeda de eso no hay duda! Aquella noche que le tiró la sopa a la cara al camarero del Star and Garter.”
Mr. Deasy le pide a Stephen que hable con algunos amigos suyos para poder publicar un artículo sobre una enfermedad que está afectando al ganado irlandés. Esto nos proporciona dos cosas interesantes: primero, un apodo que Stephen se autoimpone (“Bardo valedor de bueyes”) y segundo uno de los cientos de leitmotivs de la obra (como Hamlet o el señor Macintosh del que hablaremos más adelante.
El tema del capítulo es la historia y en los personajes protagonistas del mismo vemos dos concepciones completamente distintas del tema: Para Stephen la historia es falsa (“Fabulada por las hijas de la memoria”), parcial e interesada; una mera excusa para justificar hechos actuales. Sin embargo para Mr. Deasy la historia es real, y no sólo eso, sino que tiene un objetivo: “Toda la historia humana se dirige hacia una gran meta, la manifestación de Dios.” Esta es la clásica concepción idealista de la historia. Dos interpretaciones de la historia bastante distintas, ¿con cual quedarse? Yo personalmente con ninguna de las dos, pero cada uno es libre de pensar lo que quiera.
Un último concepto interesante. Cuando Mr. Deasy da su definición de la historia mientras se escucha a los niños jugar en el patio, Stephen señala hacia la ventana y le replica:
“- Eso es Dios.
¡Hurra! ¡Bien! ¡Prrrri!
- ¿Cómo? dijo Mr. Deasy.
- Un grito en la calle, dijo Stephen, encogiéndose de hombros.”
Para terminar os dejo el incomprensible acertijo que Stephen propone a sus alumnos, para que os ralléis un poco. La solución, en el libro. Seguiremos otro día con el primer escollo en la lectura de esta inmortal obra: el temible odiado y genial capítulo tres.
“El gallo ha cantado,
el cielo cobalto:
campanas en las alturas
dan las diez y una.
Hora es que esta pobre alma
ascienda a las alturas.”
¿Qué es?
martes, 10 de noviembre de 2009
El "Ulises" de James Joyce (Visión preliminar)
Corre el jueves 16 de junio del año 1904. A primera hora de la mañana un joven, sarcástico y orondo estudiante se afeita observando la salida del sol desde lo alto de su residencia en la Torre Martello comparando este ritual diario con la estricta observancia de la norma religiosa. En el final de ese mismo día una mujer de mediana edad algo entrada en carnes reflexiona sobre su vida mientras está esperando a que le entre el sueño tumbada en la cama, tras la vuelta de su marido, reflexiona entre otras cosas sobre sus amantes, los pasados y el actual.
Entre estos dos sucesos tan normales transcurre toda la acción de la que probablemente sea la mejor novela de todos los tiempos. Estoy hablando como no del “Ulises” de James Joyce.

Este es el culpable de tamaña monstruosidad de novela, sí hay un dios de la literatura, es él.
Es realmente difícil decir algo en general sobre esta gran novela, por lo que me planteo hacerlo basándome en la suposición de que no la habéis leído, quizás así, sí que os pueda explicar algo coherente acerca de esta obra.
Lo primero que llama la atención una vez que consigues la novela es su tamaño: 908 páginas (sin contar el prólogo de más de 180) en su versión de la Editorial Cátedra. Es una novela larga. Pero en cuanto empiezas a leerla no es el tamaño lo que asusta, sino su increíble complejidad y, por encima de todo, su extrañísimo lenguaje. Como muestra, un botón, os leo unas frases correspondientes al episodio 14:
“...Sí, Piadoso habíale hablado de aquella tierra y Casto le había mostrado el camino pero la cosa era que en el camino había caído con una cierta puta de aspecto atractivo cuyo nombre, dijo ella, es Más-vale-un-toma y le sedujo con malas mañas apartándole del camino verdadero con embelecos como ¡Eh! ¡Oye! mozo gentil, ven para acá que te voy a enseñar un sitio muy bonito, y le fascinó tan lisonjeramente que se lo metió en su gruta que es llamada Que-dos-te-daré o, según algunos sabios, Concupiscencia Carnal.”
Así, tal cual, errores en la puntuación incluidos.
Pero una vez que superas el susto inicial y te empiezas a acostumbrar al cambio constante de lenguaje es cuando empiezas a ver la genialidad que hay en esta novela (si no te has echado para atrás a la hora de leerla, cosa que les pasa a muchos). Y una vez que la acabas sientes dos cosas bien distintas: Por un lado un fuerte sentimiento de realización (“¡He sido capaz de leer esta cosa cuasi-informe!”) y por otro lado el deseo de volverla a leer (“Bueno, a ver si ahora me entero de de qué va esta cosa”). Y que hasta que no es leída varias veces lo más probable es que no tengas demasiada idea de casi nada de lo que pasa en la novela.
No es fácil saber lo que pasa en la obra, y esto es, precisamente, porque no pasa nada importante. Los personajes de la novela son gente normal y corriente, y viven un día normal y corriente. Bueno, algo pasa, hay un par de broncas, una masturbación pública, una cagada y muchísimos pensamientos impuros, pero nada de relevancia para sus protagonistas.
Después de lo que acabáis de leer no os sorprenderéis si os digo que esta novela estuvo prohibida durante unos cuantos años por ser considerada pornográfica, pero nada más lejos de la realidad. Lo que la novela relata es al hombre corriente, y lo relata hasta el más mínimo detalle (tened en cuenta que en esas 908 páginas no transcurren ni 24 horas); no hay moralismos absurdos: si el protagonista caga, te cuenta como caga, si el protagonista se masturba en la playa... bueno, vale, digamos que el protagonista no es que sea tampoco un hombre demasiado corriente.
Y hablando del protagonista, resulta curioso que no lo vemos ni conocemos de su existencia hasta bastante avanzada la novela (el hombre está durmiendo a esas horas y tampoco era plan molestarlo). La obra empieza con Stephen, en el se centran los primeros capítulos. ¿Qué decir de Stephen? Pues muchísimas cosas que iremos descubriendo a lo largo de la lectura. Stephen es un joven estudiante, ya ha protagonizado con anterioridad otra novela de Joyce (“Retrato de un Artista Adolescente”) y lo vemos pocos años después de acabado este relato. Hasta justo ese día comparte piso con otros dos estudiantes, su madre ha fallecido hace relativamente poco, y nunca ha estado con una mujer (en el sentido bíblico del término) sin dinero de por medio. Es un auténtico genio este Stephen, pero sus habilidades sociales son un poco escasas. Toda la crítica está de acuerdo al afirmar que Stephen Dedalus (así se apellida, el pobre) es en realidad el alter ego de un joven James Joyce.
Pero Joyce ya no era joven cuando escribió esta novela, por lo que decidió crear otro alter ego para sí mismo: el señor Leopold Bloom. Éste es el auténtico protagonista. ¿Y qué decir de Bloom? Bueno, también muchas cosas: es agente comercial de la sección de publicidad de un periódico, es judío (aunque renunció a su religión para casarse con una católica), sospecha que su mujer le engaña (acertadamente), tiene una hija, y no mantiene relaciones sexuales desde que falleció su primogénito. Ahí es nada. Leopold Bloom, con todas sus imperfecciones, refleja al típico hombre de clase media, un random, vamos.
Estos dos serán los protagonistas principales de la novela, pero sus caminos no se cruzan hasta casi el anochecer, así que, ¿qué otros personajes veremos en este día tan ajetreado? Pues muchísimos, centenares y centenares, algunos muy detallados, otros apenas sombras con las que nuestros héroes se cruzan en el devenir de su vida cotidiana, otros simplemente existen en los pensamientos de los protagonistas, pero todos con una increíble profundidad, tanta, que una vez has acabado de leer la obra, sabes que ellos seguirán con sus vidas tal y como las han dejado.
Una vez presentados a los personajes, otra pregunta fundamental en cualquier análisis literario que se precie: ¿De qué trata la novela? “Ulises” no trata de nada. De nada en concreto, claro, salvo quizás el tedio de la vida cotidiana. Pero en sus páginas hay de todo: sexo, literatura, música, amor, enseñanza, historia, política, odio, prostitución, engaños, infidelidades, sueños, trabajo, maternidad, nocturnidad y alevosía. Vamos, lo que constituye una vida. Y es que el “Ulises” de Joyce es el reflejo exacto de una vida de clase media (con aspiraciones burguesas, eso sí) en la sociedad capitalista. Ni más ni menos.
Después de leer todo esto es probable que el “Ulises” os parezca una novela aburrida. Al fin y al cabo son 908 páginas donde te describe como unos tío normales viven un día normal. Nada más lejos de la realidad. Esta historia tan banal no es más que una excusa para que el verdadero protagonista de la novela cobre forma. Y el verdadero protagonista de la novela es ni más ni menos que el lenguaje. Toda la historia es secundaria, lo importante es ver como Joyce modifica constantemente el lenguaje de maneras cada vez más retorcidas y escabrosas con el fin de transmitirnos lo que está sucediendo o de sumergirnos en sus complicadísimos juegos de palabras (una de las constantes de toda la obra). Cada capítulo está escrito con un lenguaje y un estilo totalmente distintos, desde el estilo juvenil y desenfadado del primer capítulo, hasta el teatro casi esperpéntico y decididamente surrealista del capítulo quince, pasando por cosas como réplicas de novelas cursis o un estilo propio donde todo son preguntas y respuestas. ¡El último capítulo son 53 páginas sin un triste signo de puntuación divididas en 6 inmensos párrafos! Ahora me entendéis cuando os decía que el lenguaje es extrañísimo, ¿verdad?
El lenguaje no es el único problema que presenta esta novela. Sin duda, uno de los hechos que más ríos de tinta ha hecho correr sobre la misma es su propio título. ¿Por qué “Ulises”? Parece ser que Joyce desde el principio se planteó la estructura de la novela como una imitación de la estructura de la “Odisea” de Homero. No sólo eso, sino que se planteó similitudes entre sus personajes y sus situaciones, algo difícilmente comprensible tras una primera lectura (o una segunda o una tercera, vamos). El propio Joyce llegó a publicar un esquema donde se aclaraban estas relaciones (así como muchos críticos), pero así y todo es difícil de entender. Para que os hagáis una idea de la complejidad del esquema Joyce relacionaba cada capítulo con una aventura de la odisea, con una hora del día, un color, una técnica narrativa, una disciplina del conocimiento humano y muchas otras cosas... Da la impresión de que Joyce pretendía hacer una especie de compendio del conocimiento humano con esta obra.
El “Ulises” es una lectura difícil, eso hay que reconocérselo. El propio Joyce dijo que había metido tantas referencias y juegos palabras en su obra que haría falta un siglo entero de críticas literarias para acercarse siquiera a desvelarlas todas. Sinceramente, no puedo estar más de acuerdo. Para que os hagáis una idea de su dificultad, gran parte de los críticos de su época no fueron si quiera capaces de leerla, pero no sólo los críticos, muchos escritores de renombre hubo que intentaron su lectura una y otra vez, sin conseguir pasar nunca de más de dos centenares de páginas.
¿Por qué pues leer esta obra que según muchos es difícil, densa y aburrida? Porque, al menos para mí, ha sido la experiencia más gratificante que tenido nunca a la hora de leer un libro. La lectura del “Ulises” ha cambiado por completo mi forma de experimentar la literatura, el mundo y el arte. Para que os hagáis una idea, ahora son el resto de las novelas las que me provocan tedio.
Pero el movimiento se demuestra andando, así que dejemos de ensalzar las virtudes de esta obra y pasemos a mostrarlas en la práctica, es decir, con su lectura. Si me acompañáis, en el próximo artículo hablaremos del capítulo uno, conocido también como “Telémaco”.