sábado, 9 de marzo de 2013
Barry Lindon (3.- La muchacha alemana)
martes, 25 de mayo de 2010
Barry Lyndon (2.- Al servicio de la Corona Británica)
Seguimos hoy con el inicio de la vida adulta de Redmond Barry, la primera vez en “Barry Lyndon” que vemos a nuestro protagonista alejado de toda influencia familiar. Veremos como su iniciación a la edad adulta no fue precisamente un camino de rosas, y como la influencia del ambiente en el que se vio envuelto es lo que convirtió al joven Barry de un chico alegre e iluso a un rufián cínico y mentiroso, en una interpretación prácticamente marxista del por qué de la naturaleza humana.
Tras despedirse de su madre, Redmond parte hacia Dublín, pero jamás llegará a esta bella ciudad, cuna del gran James Joyce. Al poco de partir, el joven Barry sufre un peculiar y educado atraco a manos de unos salteadores de caminos con los que había coincidido en una posada en el camino. En medio de los majestuosos bosques irlandeses nuestro protagonista es detenido por el hombre conocido como “Capitán Feeney” y su hijo Seamus, que de una forma muy cortés le arrebatan su dinero y su caballo. Y creedme que no estoy siendo sarcástico escribiendo esto, realmente estos dos son los atracadores más educados que ha parido madre; como muestra, os dejo la contestación que el “Capitán Feeney” le da a Redmond cuando este le pide quedarse con el caballo para poder continuar camino: “Desearía complaceros, pero en nuestra profesión debemos viajar más rápido que nuestros clientes.”
Tras este atraco, sin dinero ni medio de transporte, nuestro joven amigo se encuentra realmente en un atolladero, no puede continuar su camino ni regresar a su casa, puesto que piensa que aún sigue buscado por el asesinato de John Quin. Así nos encontramos a Redmond envuelto en la música militar mientras escucha un anuncio del ejército en una aldea cercana, y es que el ejército siempre necesita nuevos reclutas. Barry no lo duda un momento: sus ansias de gloria militar y la necesidad de dinero contante y sonante hacen que se apunte a las filas de infantería de Su Majestad Británica. Un largo travelling (recurso cinematográfico usado hasta la saciedad, y mil veces perfeccionado por Kubrick) nos muestra a Redmond ya enfundado en la casaca roja durante sus primeros entrenamientos. Estos entrenamientos por cierto sólo duraban un mes, y es que la Corona Británica se hallaba en ese momento envuelta en la Guerra de los Siete Años y necesitaba gran cantidad de reclutas sin importar demasiado su calidad.
Pero a Barry le cuesta adaptarse a esta nueva vida, su nivel de vida en su pueblo natal era más alto del que le espera como un mero soldado raso del ejército. Así vemos como protesta cuando le sirven la bebida en un vaso repleto de grasa, y como esta protesta origina la mofa de sus compañeros. La situación acaba degenerando hasta tal punto que Redmond acaba insultando al típico matón imprescindible en cualquier grupo humano; lo que conlleva la inevitable pelea a puñetazos. Así pues sus compañeros forman un cuadrilátero humano en el que Redmond Barry y el Señor Toole (un irlandés del tipo armario de dos puertas) zanjan su disputa. La grabación de esta escena es magistral: la música cesa para escuchar sólo un batiburrillo de gritos de los hooligans de ambos bandos que contemplan el combate y la cámara olvida la majestuosidad propia de Stanley Kubrick para pasar a una grabación cámara en mano. Estas técnicas logran sin duda la intención del director: hacer al espectador partícipe del combate como si fuera él uno de los púgiles. Finalmente gana nuestro protagonista gracias a su agilidad y es aclamado por sus compañeros soldados.
Una sorpresa nos espera cuando coinciden en el servicio Redmond Barry y el que fuera su testigo en el duelo por Nora, el Capitán Grogan. Ambos deciden compartir una botella de vino al caer la noche, lo que nos lleva a la primera de las múltiples escenas nocturnas iluminadas solamente con la luz de las velas (sólo tres, en este caso). Como ya os he comentado con anterioridad, Kubrick inventó una serie de cámaras especiales basadas en la tecnología de la NASA con el único fin de poder grabar estas escenas. Ese encuentro nocturno (acompañado por el omnipresente sonido de los grillos) revela a Barry que el duelo por el que se vio obligado a escapar estaba amañado. En efecto, todo era un plan de la familia de Nora Brady que empleó balas de fogueo con el fin de asustar a Redmond y lograr su huida. Y es que el “bravo” Capitán Quin no era tan fiero como lo pintaban, y nunca se hubiera atrevido a pedir la mano de la muchacha mientras el joven galán siguiera de por medio. De hecho su cobardía llega a tal punto que, incluso aunque apenas fue alcanzado por una bala de fogueo, tardó más de una hora en levantarse del susto que se había llevado en el cuerpo. Así es como nuestro protagonista se entera del nuevo estado civil de su amada prima (en palabras del Capitán Grogan: “Tu ausencia la impresionó de tal forma que se vio obligada a consolarse tomando esposo.”); pero este hecho apenas afecta a Barry, demostrando así como es un hombre que puede cambiar de amoríos con facilidad.
Finalmente, llegar la hora de sumarse a las fuerzas combatientes en Alemania, y así es como vemos la primera escena de batalla del filme. Kubrick dirige magistralmente esta escena, siempre con la frialdad y alejamiento que caracteriza a esta obra. Así alterna travellings con grabación cámara en mano e impresionantes panorámicas todo ello acompañado de una marcha militar como banda sonora. Esta será la primera y última batalla de Redmond Barry en el ejército británico, y para colmo él no pega ni un sólo tiro. Nada más comenzar el combate el Capitán Grogan es herido por las fuerzas francesas y nuestro protagonista lo acompaña al que será el lugar de su muerte: un sendero oscuro y embarrado en mitad de los bosques germanos. A Redmond aún le da tiempo a darle un beso de despedida a su amigo en una escena que seguro que os sonará. Ved la escena y pensar un poco en ello... ¿No os recuerda terriblemente a la escena de la muerte de Boromir en “El Señor de los Anillos”? ¡Si tan sólo hay que cambiar a Boromir por el Capitán Grogan y a Aragorn por nuestro querido Redmond Barry! Parece ser que Peter Jackson debió de ver esta película también.
La muerte de Grogan provoca un profundo cambio en nuestro joven amigo, haciéndole olvidar las glorias militares e instándole a desertar del ejército. En la narrativa del filme también observamos este cambio: tras la batalla llega el inevitable saqueo acompañado por las reflexiones anti-belicistas del siempre presente narrador (“Y sin embargo es con estos instrumentos con los que los grandes guerreros y reyes han realizado su obra criminal en el mundo.”)
La oportunidad para desertar se le presenta pronto a Barry cuando una pareja de oficiales homosexuales disfruta de un momento de relax en un río dejando olvidados sus caballos y pertenencias. Redmond no lo duda ni un segundo y coge caballo, uniforme y documentación de uno de ellos alejándose al instante de la escena del robo mientras los hombres se declaran su amor en la distancia.
Pero las penalidades de nuestro joven protagonista no hacen más que empezar cuando se escapa vestido con las ropas de un oficial hacia el sector controlado por las tropas prusianas, como veremos en el próximo artículo.
jueves, 13 de mayo de 2010
Barry Lyndon (1.- La relación con Nora)
Antes de nada, siento que os debo una disculpa por haber estado todo este inmenso tiempo sin subir ningún artículo al blog. Estos meses he estado bastante ocupado por diversos motivos, eso unido a mi habitual vaguería y a que el poco tiempo libre que tenía he preferido dedicarlo a la música antes que ha escribir han propiciado este parón en las publicaciones que espero que no se vuelva a repetir. Otra aclaración previa: como sabéis, estamos hablando de “Barry Lyndon”, la genial obra maestra de Stanley Kubrick. En un principio tenía pensado despachar la película con cinco o seis artículos, pero hoy al revisionarla para escribir el primero de ellos me he encontrado con que tenía una hoja llena de anotaciones sobre lo visionado con sólo un cuarto del metraje sobre el que me disponía a hablar. Así que prefiero aumentar el número de artículos con el fin de poder añadir profundidad a los mismos y no limitarme a unos simples comentarios por encima, y el no menos importante deseo de mantener lo escrito en unas dimensiones que no resulten demasiado pesadas para ti, querido lector (demasiado tópico esto, ¿verdad?). Sin más empecemos nuestro visionado conjunto de Barry Lyndon:
La primera escena que vemos es un duelo, en concreto el duelo dónde el padre de Redmond es asesinado. Iros acostumbrando, porque la película está repleta de duelos tanto a pistola como a espada, reflejo de la turbulencia y malestar social que atravesaba la Europa de la época. En esta escena entra también la voz en off del narrador que nos acompañará con sus descripciones y sus interesantes reflexiones a lo largo de toda la obra. Tras eso, y para continuar con la presentación del entorno familiar de Barry conocemos a su madre que, según nos cuenta nuestro narrador, es acosada por múltiples pretendientes tras la muerte de su marido a los cuales rechaza cual Penélope (aunque ambos personajes sean totalmente distintos) con la excusa de tener que cuidar de su hijo.
¿Y cómo es su hijo? En seguida lo descubrimos con uno de los planos más bellos de la película. La cámara nos muestra en primer plano una fuente coronada por la estatua de un querubín dorado, símbolo de pureza, como pura es el alma de Redmond Barry en estos momentos. La cámara se aleja y vemos jugando a las cartas a nuestro protagonista junto con su prima Nora Brady. Todo esto con una iluminación totalmente natural y una música tradicional irlandesa de fondo que viene a remarcar esa sensación de ingenuidad y pureza. Ingenuidad y pureza que Barry acabará perdiendo del todo por las vicisitudes a las que se ve sometido en su peculiar existencia. El narrador nos informa de que su prima Nora es el primer amor del joven Redmond y reflexiona sobre el significado que el primer amor tiene en un hombre (“Ama como canta un pájaro o florece una rosa en la primavera”). El juego de cartas acaba y como premio ambos jugadores se dan una pequeña satisfacción erótica en forma de jugueteo adolescente que culmina con un beso de la voluptuosa Nora al extasiado Barry. Pero no todo iba a ser idílico en el mundo que rodea a nuestro héroe, o sino no existiría el drama.
El plano se corta abruptamente a otro muy distinto: de un interior pasamos a un impresionante exterior, de sólo dos personajes pasamos a una multitud y de esa suave música tradicional a una dura marcha militar. Este contraste entre la música popular y la militar es constante a lo largo de la película y puede resultar chocante en muchas ocasiones, pero la vida al fin y al cabo está compuesta de amor, y también de odio, ¿no creéis? La escena nos muestra al regimiento capitaneado por el soberbio John Quin desfilando ante el pueblo en gran plano perfectamente equilibrado. El narrador nos da cuenta de la envidia que siente Barry ante los soldados y su elegancia y porte. Como veremos más adelante en la película hay que tener cuidado con lo se desea, porque en ocasiones puede llegar a cumplirse, pero no nos adelantemos. Tras el desfile viene el inevitable baile (de nuevo ese contraste entre músicas), en el cuál el Capitán Quin saca a Nora Brady cinco veces a bailar, hecho que pone terriblemente celoso al bueno de Redmond y le provoca una recriminación por parte de Nora en el camino de vuelta a casa, donde es acusado por Nora de ser sólo un chiquillo mientras que John Quin es todo un hombre, y de fortuna.
Y es que la fortuna de John Quin juega un papel importantísimo en la incipiente relación entre Nora y él. La familia de la chica vive bien, pero terriblemente endeudada, e incorporar al militar inglés a la misma puede ser su salvación. Así pues hay un interés económico evidente en esta relación, tanto por parte de Nora como por parte de su familia. El cortejo entre el soldado y la prima de nuestro protagonista no puede estar más lleno de tópicos: que si los hombres son mujeriegos, que si las mujeres puras y virginales... vamos, el ritual propio del momento para llevarse a alguien al huerto. Todo iba a pedir de boca hasta de Barry decide intervenir provocando un gran enfado por parte de la doncella (“Por Dios, Capitán, es un chiquillo, para mí no significa más que mi perro o mi loro.”, Ahí queda eso, Qué angelical esta chica, ¿verdad?) Pero las excusas de Nora no bastan y el capitán decide retirar sus aspiraciones matrimoniales, aunque será por poco tiempo debido a la intervención de la familia de la muchacha para salvar la situación.
La siguiente escena es una de las que sitúan a esta película en el Olimpo del Séptimo Arte (desde mi humilde opinión). El uso genial de la iluminación natural en un interior, que resulta poco artificioso a la vez que resalta los colores de una manera única convirtiéndolo todo en gran cuadro de época en movimiento; la magnífica interpretación de todos los actores (en especial del protagonista Ryan O'Neal) y un perfecto uso del tiempo cinematográfico se combinan como sólo Kubrick sabe hacer para obtener un resultado que roza la perfección audiovisual. La escena acontece en el comedor de la familia Brady donde tiene lugar una de esas comidas familiares que tanto nos aburren los domingos. Durante esta comida Nora y el Capitán Quin anuncian su compromiso con el beneplácito y los aplausos de casi todos los asistentes; todos menos Barry, quien ante esta noticia no puede sino faltarle al respeto al capitán y a toda la familia de su tío arrojando una copa de vino a la cara del invitado y retándole a un duelo. El pobre Barry, utilizado y puteado (hablando mal y pronto) por su propia prima, que lo llega a comparar con un animal de compañía y que en cuanto se aburre de él lo deja por un hombre de fortuna, despierta inevitablemente la simpatía del espectador, cosa que apenas volverá a ocurrir a lo largo de la historia (creedme). También se demuestra así el carácter apasionado del protagonista que tantos problemas le causará a lo largo de su tumultuosa vida.
Finalmente llega la hora del duelo a pistola; y volvemos a un primer plano (de las pistolas en esta ocasión) que se abre en un plano panorámico perfectamente estudiado y equilibrado; y volvemos a escuchar la Sarabanda de Haendel que nos acompañará con su tema insistente y tremendo a lo largo de toda la extensa escena. Es también en esta escena que apreciamos por primera vez una de las características fundamentales de esta película: su morosidad. Los planos se alargan, los diálogos se hacen lentos, los silencios terriblemente incómodos y la acción siempre se retrasa lo máximo posible generando así escenas de gran duración que logran mantener en vilo al espectador hasta el último momento. Y es precisamente en el último momento cuando el “valiente” Capitán Quin intenta librarse del mal trago del duelo ofreciendo a Redmond dinero a cambio de que él se excuse y se retiré a Dublín una temporada. Pero Barry, terco cómo es él, no acepta este ofrecimiento, y es tajante en su rechazo: “No lo siento, y no pienso disculparme. Y tanto me iré a Dublín como al infierno.”
Por fin el duelo comienza, los contendientes se sitúan en sus puestos y se produce la cuenta atrás alternando primeros planos de los personajes enfrentados. Se genera la tensión... y la tensión se libera de forma magistral: por un lado un cambio en la orquestación de la música entrando un clavicordio con el tema principal; por otro, los sucesivos primeros planos regresan al amplio plano panorámico, distanciando así al espectador de la violenta acción que está a punto de ocurrir. Y se produce el disparo, y el Capitán Quin cae, y la preocupación se vuelca sobre toda la familia como un jarro de agua fría.
Ante la ilegalidad de la acción de Redmond se decide que se debe ir una temporada a Dublín hasta que pase la tormenta, y así Barry se despide de su madre huyendo de todo sentimentalismo tanto en la actuación, como en la realización (la escasez de sentimentalismo es un recurso que Kubrick utiliza sobradamente en esta película, hasta la escena más dramática de toda la obra, donde el sentimiento nos invade y no se puede evitar que alguna lágrima se escape; pero de eso hablaremos en su debido momento).
Y así es como nuestro Redmond Barry inicia una nueva vida lejos de todo lo que amaba, así es como es expuesto a un mundo exterior frío y hostil apunto de embarcarse en una cruenta guerra en la que Barry se verá obligado a participar. Pero de todo eso hablaremos ya en la siguiente entrada.
lunes, 14 de diciembre de 2009
Barry Lyndon (Visión Preliminar)
Por primera vez en este blog vamos a hablar un poco de cine. Para mí he de deciros que no es fácil escoger de que obra de cada género os hablaré en primer lugar. Por ejemplo, con la música mi idea inicial (y de la que surgió lo de escribiros todos estos rollazos) era “La Consagración de la Primavera”, y me da que aún falta bastante para eso. Con la literatura sí que no me cabía ni la menor duda. Pero con el cine la cosa es distinta. En un principio dudaba entre “El Acorazado Potemkin” o alguna película de Stanley Kubrick (los que me conocéis personalmente seguro que ya me habéis sufrido hablando de esto), pero justo en el día en que me plantee revisionar algo para escribir sobre ello me entraron unas ganas locas de ver por enésima vez “El Padrino” (la responsabilidad la tiene un episodio de “Los Simpson”, todo hay que decirlo). Pero finalmente decidí dejar ese destello momentáneo y pasar esa tarde de sábado con la película de la que os voy a hablar a continuación: ni más ni menos que “Barry Lyndon”, la única película de época del desgraciadamente fallecido genial Stanley Kubrick.

Portada de la película en su edición en DVD; bastante minimalista, como podéis ver.
Personalmente esta obra me parece la mejor del afamado director, y teniendo en cuenta que este tipo hizo entre otras cosas “2.001: Una Odisea en el Espacio” y “La Naranja Mecánica”, no es una decisión sencilla, creedme. ¿Por qué me parece la mejor? En parte porque es de las menos conocidas y menos vistas y eso por si solo ya es, a mi juicio un buen motivo. Pero no es el único. Considero a “Barry Lyndon” como la película más personal de Kubrick, y es que él solito se encargó del guión, la producción y la dirección de la misma; por otro lado la innegable belleza de la película es simplemente sobrecogedora: no puede haber mejor combinación entre música y fotografía nunca; por último la propia trama de la película y su moraleja resulta de un pesimismo terrible, deprimente, todo acaba mal, pero al mismo tiempo sabes que era la única manera posible de que todo acabara, han sido los actos de los personajes los que han desencadenado todo porque apenas hay alguien que quede como inocente tras los hechos narrados en el largometraje... y el mensaje moral que se transmite es claro: los actos que perjudican a otra persona para el beneficio propio sólo te pueden acarrear desgracias.
Pero empecemos por el principio. Antes de ser conocido mundialmente Stanley Kubrick era un fotógrafo muy detallista, amante de la música y con una personalidad casi obsesiva. Parte de esta obsesión la volcaba sobre una de las figuras históricas más importantes de todos los tiempos: Napoleón Bonaparte. Es normal que este fotógrafo en cuanto dirigió sus primeras películas y consiguió fama suficiente como para que ninguna productora rechazara sus proyectos se volcara en la creación de un filme sobre tan controvertido personaje histórico. Pero en cuanto hubo escrito el guión y reunido gran parte del presupuesto necesario se estrenó una superproducción sobre el mismo tema. Este fue un gran golpe para Kubrick que siempre buscó que sus películas se diferenciaran de todas las demás. En seguida su inquieta mente empezó a trabajar, y como en el fondo quería hacer una película de época en ese momento de su vida, se decidió por adaptar una novela picaresca decimonónica titulada “The Luck of Barry Lyndon” escrita por William Makepeace Thackeray.
Y vaya si no adaptó la novela, la cambió por completo. Esto es algo bastante habitual en el bueno de Stanley, véase sino “El Resplandor”. De hecho, con Kubrick es con el único que no pasa aquello de “mejor leerse el libro” sino que en muchas ocasiones es más bien todo lo contrario. Así su genialidad se posó sobre una historia sencilla de un joven irlandés que por casualidades del destino se ve forzado a vagabundear durante toda su vida por media Europa intentando, mediante las más oscuras artimañas, ascender de estatus social. Con esta base el genial director construyó una historia épica totalmente intemporal donde se nos narra la vida de un protagonista odioso a veces, pero también admirable en otras tantas ocasiones, con un fuerte trasfondo moral y grandes dosis de crítica social. Ahí es nada.
La historia de la película ya de por sí es inmensa, igual que el metraje, por lo que Stanley dividió su obra en dos partes separadas por un intermedio. La primera parte es lo que en literatura se llama una “novela de evolución espiritual” donde el protagonista, un sencillo adolescente en un principio, va madurando en un mundo hostil y aprendiendo así las grandes verdades de la vida (la cumbre de esta novelística es sin duda la inmortal obra de Goethe “Los Años de Aprendizaje de Wilhelm Meister”). Pero el protagonista de esta película es claramente peculiar, no nos olvidemos que en el fondo la novela en la que se basa es una novela picaresca, por lo que la forma de reaccionar de Redmond Barry (así se llama el angelito) es altamente controvertida. La historia comienza cuando Redmond pierde a su padre en un duelo a pistola. Entonces se queda sólo con su madre y la compañía de su prima Nora de la que se acaba enamorando. Pero Nora no es precisamente una chica angelical y, tras años de seguirle el juego a su primo, se queda prendada de un oficial del ejército británico en cuanto su regimiento pasa por el pueblo (todo ello con el beneplácito de la familia, a la cual la renta del caballero no le viene nada mal). Esta es la primera vez que vemos la personalidad del señor Barry, ante la traición de su prima decide actuar, y actúa ni más ni menos que retando a un duelo al asustadizo oficial. Redmond gana el duelo pero se ve forzado a huir a Dublín con buena parte de sus ahorros familiares. Y el mundo exterior no recibe nada bien a Barry, al poco de abandonar su pueblo natal es atracado en el camino quedando así sin dinero y totalmente sólo en este mundo. Pero entonces surge la gran oportunidad que cambiará su vida campesina por la más peligroso vida como soldado al servicio de Su Majestad.
Redmond parte a Europa a luchar contra los ejércitos franceses en la Guerra de los Siete Años, pero la vida militar tampoco le convence por lo que urde un plan para poder desertar. En un determinado momento logra hacerse con un caballo y los documentos de un correo del ejército, con los que planea ir hasta alguna nación neutral y allí regresar a su Irlanda natal. En su viaje traba una relación amorosa con una campesina alemana cuyo marido se encontraba también en el frente, pero el deseo de Barry de regresar a su hogar es tan fuerte que la acaba dejando para proseguir su camino. Es en este camino donde se cruza con un oficial del ejército prusiano (nación aliada de Inglaterra) que descubre su engaño dejándole sólo dos opciones: o ser detenido por deserción o unirse al ejército de Prusia. Redmond evidentemente opta por la segunda opción. Pronto Barry se ve rodeado de malas compañías y se empieza a crear mala fama a pesar de sus ejemplos de valentía en el frente. También traba amistad con su reclutador lo que le posibilita una pronta salida del ejército para entrar en el no más seguro mundo del espionaje cuando el Ministro de Interior prusiano reclama sus servicios. Es así como nuestro joven entra en el servicio de un peculiar personaje que se hace pasar por noble francés cuando en realidad no es más que un buscavidas irlandés con una desmedida pasión por el juego (y las trampas que lleva implícitas).
Redmond al encontrarse con un compatriota no es capaz de aguantar la tapadera y se derrumba trazando con este peculiar personaje una alianza y una amistad que llevará a nuestro protagonista a una nueva etapa de su vida cuando el gobierno prusiano decida expulsar al noble. Así Barry se embarca con él en una serie de viajes de corte a corte por toda Europa con un lucrativo negocio de juego. Sus dotes para la picaresca se ven aprovechadas en estos viajes colaborando con las trampas de su anciano amigo y batiéndose en duelo por él cuando es necesario cobrar alguna deuda. Pero entonces Redmond decide que ya ha tenido viajes suficientes y comienza a plantearse el contraer matrimonio y asentarse. En ese mismo momento conoce a la Condesa de Lyndon casada con un anciano noble de gran abolengo y con un hijo pequeño. El joven comienza a cortejarla con tan buena suerte que al anciano caballero le sobreviene un infarto (corazón débil y esposa con amante, mala combinación) por lo que pronto se puede casar con ella.
Esta es la historia de la primera parte de la película, a partir de aquí nuestro protagonista consigue el nombre y título de Barry Lyndon, aparte de una bellísima esposa, cosa que no le priva de seguir con su vida libertina y licenciosa para disgusto de la Condesa, pero eso lo contaremos cuando hablemos de la segunda parte.
Como veis la historia ya es de por sí extensa y rebuscada y por si sola ya colocaría a esta película en un lugar de honor en la historia de la cinematografía. Pero no es este el único mérito de la película, de hecho, al final es menos importante de lo que parece. El gran logro de esta película es que supuso tal revolución a la hora de hacer cine que no se ha visto a día de hoy ninguna otra que la pueda imitar. En primer lugar por la exquisita banda sonora, una auténtica genialidad de selección de obras de música que podrían sonar por esa época tan enraizadas en cada escena que el propio ritmo de la película se ve constantemente modificado para adaptarse al ritmo de las diversas piezas que componen su banda sonora.
Pero no sólo en la música quería Kubrick transmitir el espíritu de la época, sino también en las imágenes. Para empezar se planteó que toda la película debía ser un gran cuadro de la época al que se le hubiera añadido una dimensión temporal. Y lo consiguió. Cada simple fotograma es en el fondo una bella pintura con un tratamiento exquisito de la luz, el color y la composición. Otro problema más peliagudo que se le presentó al director a la hora de retratar el espíritu de la época era la iluminación. Resulta evidente para todos que la luz eléctrica aún no existía, por lo que, ¿cómo conseguir mantener la iluminación típica de luz de las velas en el celuloide sin que resultara una atmósfera oscura y asfixiante? La solución no fue sencilla para Kubrick, que hubo de realizar un gran adelanto técnico añadiéndole unas lentes especiales desarrolladas ni más ni menos que por la NASA para sus misiones espaciales a unas cámaras especiales que pudo conseguir. El resultado es sobrecogedor, la sensación de estar allí donde transcurre la acción es inmensa y el hecho de no añadir luces artificiales a ninguna escena fue sin duda un gran acierto del genial cineasta.
Otra de las grandes innovaciones en cuanto a fotografía usada para incrementar el realismo de la obra fue el uso de la técnica de cámara al hombro para rodar las escenas de violencia o de gran apasionamiento (una técnica que ahora se usa en casi cualquier obra cinematográfica, véase si no “Perdidos”). Y es que el resultado es sorprendente. Casi toda la película destaca por su uso de imágenes fijas tomadas con gran angular, pero cuando estalla la violencia (la violencia sin ningún tipo de normas ni recatos, por ejemplo en los duelos no usa esta técnica) la cámara empieza a moverse como loca como si en el fondo nosotros, espectadores, estuviéramos allí en medio viviendo esta apasionante historia.
En cuanto a la recepción que la película tuvo fue bastante dispar, con un número de espectadores bastante menor al del resto de obras del genial director, pero una muy buena acogida por la crítica. La película ganó cuatro Oscars: Mejor dirección artística, mejor fotografía, mejor diseño de vestuario y mejor banda sonora adaptada. Kubrick también ganó con esta obra el premio a la mejor dirección de la Academia Británica. A día de hoy la película sigue siendo extraordinariamente valorada, con el propio Martin Scorsese admitiendo que es su película favorita del genial autor y el puesto número 27 en la lista de las cien mejores películas de la historia en la revista Times.
Así pues, visto un poco por encima el argumento y los principales logros de “Barry Lyndon” démosle al play y procedamos a ver esta gran obra maestra de uno de los mejores directores de todos los tiempos, el gran Stanley Kubrick.

